17.8.11

De fe perdida y otras cosas.

Es bien sabido, por este reino y los adyacentes, que a mi lo que sobra es mi innegable capacidad de reírme a diestra y siniestra de todo y de todos, incluyéndome, por supuesto. Pero esta vez, la frase "No sé si reír o llorar", no me queda.

So pena de sonar moralina y quejica y todos esos adjetivos que no me van, debo confesar que estoy a nada de perder la fe en los defeños o chilangos o como quiera que sea su gentilicio.

Por diversas circunstancias, la vida me ha puesto en situaciones pluriculturales que sólo han logrado reafirmar el valor llamado "respeto" que tanto trabajo les costó a mis padres me inculcarme a punta de chingadazos y otras torturas medievales e inquisidoras.

Ojo, pipols: Con esto, no quiero que se me tache de persona con doble-moral por la posible interpretación de "te ríes de todo y luego exiges respeto, ¡pinchi vieja orate!". Ver las cosas con humor no implica la ambivalencia moral.

El caso es que, después de esta introducción que más parece libro de Carlos Cuauhtemoc Sánches (y de venir escribiendo esto en un micro sin amortiguadores -¡no mamar! ¡Me merezco una oda o algo así bien padriuris!-), resúmoles:

Partiendo del anterior post y mi nuevo trabaja y más blahblablah, por obviedad debo usar el metro todas las mañanas para llegar hasta mi escritorio laboral, ergo, el grueso de la población hace lo mismo y los vagones van como latas de sardinas.

Considerando esta premisa, acúsome de ser totalmente consciente del masaje-sauna-transporte-por-3-dineros al que estamos condenados los usuarios del metro; sin embargo, me es inaceptable haber sido víctima de un agarrón de nalga entre las estaciones Etiopía y Eugenia.

Así, sin más preámbulo (ya saben, pedida de teléfono, café para conocernos o mínimo un besito) mi trasero (por cierto, inexistente y tan de pena ajena) fue sometido a una sesión de apretón grosero y descarado. Desafortunadamente, el hijo de puta, que osó a ponerme una mano encima sin mi autorización, es un clásico mexicano, chilango, bananero que se escudó en el anonimato que le brindó el vagón tan lleno.

Otrora, he lidiado con "listillos" que no van más allá de un piropo innecesario y guarro en la calle, vaya, a lo más que llegaban era a acercarse mucho, como intimidando, los muy pendejos. Jamás habría pensado que las ganas de joder a alguien que no ha cometido provocaciones.

Algunos podrán decir: "¡Ay, pero seguro sentiste bien!"; la verdad, NO, me dieron ganas de arrancarme la nalga a mordidas. Otros dirán: "¡Ni que estuvieras tan buena!"; y pus no, ni estoy buena y eso es lo que me da más coraje porque, al final del día, sólo me cuestiono: ¿qué esa pinche gente no tiene madre, hermanas, esposas, algo?

Y no es que me esté poniendo feminista y me entren las ganas enfermas de celebrar el Día Internacional de la Mujer o alguna mamarrachada por el estilo. Es, simplemente, cuestión de respeto. A mis amigos (hombres, por supuesto) también les ha pasado, ergo, ¿nomás por ser mujeres merecemos trato especial y privilegios desmedidos?

Espero que algún día cuando dejemos de ser un país de bananeros que se entretienen con pan y circo, podamos entender las dimensiones de nuestros actos. Con esto no digo que lo sucedido hoy me haya provocado un trauma irreparable, sino, un odio de proporciones bíblicas a todos esos nacos que no tienen ni tantita idea de lo que es "Respeto" (incluidas las mujeres) y piensan que es gracioso o "muy de machos" hacer ese tipo de pendejadas.

Y ya mejor ahí le dejamos porque sino este blog parecerá cátedra de Sociología, Historia, Ética y Filosofía y pos no, eso no es de señoritas y hace llorar al niñodios.

Ahí nomás como tip: No sean (Maten a) un naco (y a la señora gorda que me acaba de aplastar en el metro. Gracias).
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