6.3.12

Pedradas [Parte I]

Me quedé sin un quinto, o sea estoy a nada de parecer homeless porque llevo tiempo sin que me paguen y mi presupuesto semanal se ha visto reducido a una cantidad ridícula que hace ver a cualquier chairo como millonario a mi lado. Estaba en la escuela esperando mi siguiente clase y pensando que podría vender algunos de mis cigarros para conseguir dinero y regresar a mi casa.

No me quedó de otra que vagar entre los pastos de la FES buscando un pichón que quisiera ayudarme en esto de la vendimia, cuando a lo lejos, vi a un tipo acostado en el pasto frente al edificio de Posgrados y no dude en acercarme porque tenía buen lejos [obvio también buen cerca, pero de eso se enteran ahorita]:

—¡Hola! ¿Quieres comprar un cigarro? Es que me quedé sin dinero y estoy vendiendo mis cigarros para regresar a mi casa. —me tuve que agarrar los pinches huevos para articular esas palabras y no quedar como esponja balbuceante frente al objeto de mis más profundos deseos carnales [estaba dispuesta a no quedar como retarded frente al asunto en cuestión nomás porque soy bien pinche María] mientras le ofrecía uno.

El muchachito tomó el cigarro, me miró a los ojos [en ese instante los pinches calzones se me hicieron como yo-yo: subían y bajaban de mi cuello a mis tobillos ad infinitum], lo puso entre sus labios. —No traigo dinero.— me dijo viéndome fijamente como si de veras muchos pinches huevos. Y yo ahí como idiota con mi Poker Face marca No-Pinches-Mames.

Llámenme romántica [aunque pendeja sería el término más adecuado] pero dije para mis adentros "¡Pus chingue a su madre, total... quería hablarle desde un principio!", y me senté a su lado para sacar otro cigarro y fumar con él porque yo también quería demostrarle que podía ser bien vale-madres.

—No te preocupes. Pues ya nos fumamos este cigarro sin pedos. —porque soy bien pinche valiente como para hablarle al goeis que me gusta. —¿Cómo te llamas? —le pregunte, porque con todo y mi pendejismo romántico no iba a irme sin sacarle información, ¡chingaos! Yo a lo que voy.

—Pedro —respondió mientras fumaba lentamente su cigarro. —Me gusta ese nombre. Yo me llamo LauRa. —sí, así le dije porque soy bien pinche valiente y también puedo aventarle el calzón a alguien sin parecer huevito en salmuera. La conversación continuó llena de trivialidades: que si estudias aquí, que que idioma llevas, que si chupas, muerdes o masticas, que si la verga del muerto.

De vez en cuando había silencios en los que ponía a mis neuronas a chambear como las grandes para que le echaran ganitas y preguntásemos cosas inteligentes que no me hicieran quedar como la más idiota de las idiotas de Acatlán, hasta que empezó lo bueno:

—¿Siempre eres así de callada? —me preguntó sin pelos en la lengua y así de putazo. —Sólo con las personas que me gustan —le respondí muy segura como si no estuviera cagándome por dentro—, ¿tú siempre eres así de mamón? —le cuestioné para ver si se le quitaba lo pinche y ¡tómalaaaaa! —¿Te sabes el cuento de la niña guapa y el sordo? —Agarrome en curva y sólo pude responder un llano y seco "No" e inmediatamente reaccionó — ¿Qué? —dijo, simulando una sordera inexistente que daba pie a un chiste que me hizo reír como idiota y que todos los Pantone se hicieran presentes en mi cara por haberme dicho "guapa" de una forma tan indirecta pero quita-calzones.

Regresó el silencio y ahí estábamos los dos, echadotes cual manatíes sobre el pasto, viendo al cielo y esperando a ver quién se animaba a hablar para seguir con esto de "Romper el Hielo", cuando de repente: —¿Sabes? Está padre que estemos así... sin decir nada. Parece como si nos conociéramos de mucho tiempo porque este silencio no se siente incómodo. Por lo general, cuando conoces a alguien nuevo, tratas de hablar mucho para liberar la tensión y terminas diciendo estupideces. Pero me gusta esto. —y yo, como pinche zombie me quedé ahí sin poder responder algo porque qué tal si la cagaba bien bonito [como es mi costumbre].

Continuamos otro rato en silencio hasta que me terminé mi cigarro. —Ya me voy. Me terminé mi cigarro y tengo que vender los demás para no tener que caminar de regreso a mi casa —le dije mientras me sentaba para guardar mis cosas en mi mochila cuando sentí su mano sobre mi espalda. —Tienes pasto en el suéter. —se apresuró a decir en cuanto notó que lo vi como bicho raro por osar a manosearme sin autorización de mi padre porque eso no es de señoritas.

Estaba a punto de levantarme cuando volvía sentir su mano sobre mi espalda. Indudablemente volteé. Nos quedamos ahí como imbéciles viéndonos mutuamente hasta que por fin pude articular algo así como un "creo que puedo quedarme otro rato" y volví a recostarme sobre el piso con los lentes de sol puestos [porque el pinche sol estaba a todo lo que da y mis ojitos sufren por tanta luz].

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Mañana en la mañana vendrá la continuación de cómo me armé de valor para hablarle a un chico guapo y otras cosillas más.

Stay tunned, mother fucking bitches!!!!
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